1
La mañana empezó mal. 
La bruceliza no tremaba como debería, las chárcobas se suglifaron muy pronto y el badejo no glufió como un día anterior.
Sentía las miradas de todos sobre sí, esperaba que un dátrino viniera a solventar el mal momento. Nada. Para colmo, una chárcoba rebelde decidió (en muy mal momento), patregarse hacia abajo, complicando aún más la maniobra. Por fin, mässe Garlo intervino: 
-Bueno, tal parece que hoy no habrá tampoco razón para hipsensibarnos. Es una lástima.
Todos los mässen presentes abandonaron el taller de Gransifurización, dejándole solo con sus artefactos. Volvió su rostro hacia la máquina, como reprochándole su falta de cooperación. Descolocó las chárcobas y, limpiándolas una por una, las fue acomodando en su caja. Miró con detenimiento la bruceliza y descubrió una minúscula pestaña en la esquina derecha delantera, algo que definitivamente estaba fuera de lugar. Pasó la yema del dedo por encima y se dio cuenta del problema: El badejo frustenía el deferto, causando una leve descamación que jirbenía, de a poquito, el borde con el que este abrazaba a las chárcobas, produciendo un desgaste minúsculo, pero suficiente para suglifarlas antes de lo debido.
-Por lo menos me enteré del problema.
Puso el cerrojo del taller y salió. Al subir las escaleras hacia su oficina, pudo sentirse acompañado de la lástima, la burla, el desprecio y en muy poca medida, de la solidaridad de sus pares. Le pareció eterno el ascenso. Se detuvo en el comedor. Ahí estaba ella.
-Buen dia, gustas tropino? Hay túrnico y desfrenizado.
-Hola, que amable. No, gracias. Solo tomaré un grujenito, pequeño.
-No te desanimes, mässe Fribio solo habla bien de ti, se que intercederá por ti en el siguiente Surgenfio General.
-Lo sé, solo me gustaría que lo que intercedería por mi, no fuese otro que yo mismo.
-¿Y pudiste indagar que paso?
Se extraño mucho del súbito interés de ella, la asistente directa del mässe Trunido, regente del área de Zuscodinia y mano derecha de mässe Garlo, en sus cuitas.
-Creo que si, hoy deberé quedarme otro rato, pero lo resolveré. Solo espero que aún sea tiempo.
-Verás que si, todo saldrá bien.
Salió rumbo a la regencia, dejándolo un tanto intrigado. Buscó en la charola de los grujenos, y eligió el más pequeño. Al llegar a su oficina, comiendo de a poco, revisó sus apuntes. Entonces, súbitamente, ahogó un grito de desencanto. La chárcoba y el badejo cumplían con las especificaciones. Lo que fallaba eran estas. El plano ante sus ojos no podía mentir. Se levantó y sacó de un armario más libretas. No intentó desplegarlas en orden, solo buscaba frenéticamente una en especial.
Por fin la localizó. Buscó en las bitácoras de diseño, hasta encontrar la que le interesaba tanto. Sus ojos viajaron de inmediato hacia la esquina superior derecha… para encontrar la firma de Malko. Abatido, se volvió a su silla. Buscó múltiples explicaciones, para volver a la apabullante verdad. Terminó de engullir su bocadillo.
-Lupia, ¿puedes decirle a Malko que baje? Gracias, es urgente.
Cuando llegó, ya había vuelto a poner en su sitio todo, solo conservó encima de la mesa la bitácora errónea.
-¿Me llamaste, Prano?
-Si, pasa por favor. Siéntate.
Tomó el banco en donde gustaba trabajar, desdeñando el sillón.
-A tus órdenes.
-¿Podrías revisar esta bitácora?
-Por supuesto. 
Malko no se veía perturbado y comenzó a transifar los datos de la bitácora, claustrenando la información y anotando los resultados en su libreta.
-Todo está en orden, Prano. ¿Qué sucede?
-Revisa las dimensiones del badejo, donde articula con el deferto. ¿No notas la jirbena? ¡Excede de la especificación original! ¡Se están suglifando las chárcobas, mucho antes de lo debido!
-Es cierto. Pero la falla no está en la bitácora. Habrá que refranjirar todo el diseño, ¿no crees?
Revisó a detalle y, apesadumbrado, comprobó que Malko tenía razón.

2

-Es todo, gracias.
Mientras el braduto se alejaba, llevando los restos de la comida, solo atinó a perjetrar un fruyo, pensativo. Todo el trabajo de los últimos treinta años pendía de un hilo. Si no podía descubrir la falla a tiempo, su carrera terminaría. Y no de buena manera. Mässe Garlo había sido muy claro. Dio unas pequeñas garlediasas al fruyo, con calma.
-Hola, ¿ya terminaste?
-Si, apenas. 
-Bueno, te acompaño entonces con un embrusdio. ¿Sabes que pudo haber pasado?
-Tengo algunas teorías, nada en concreto. Se me frestanda la conplusinia.
-Lamento escuchar eso.
-No te preocupes, algo se me ocurrirá.
Ella continúo, por un momento como si se encontrase sola: 
-Es impresionante que a un paso de lograr la trimbilación, los tan cacareados éxitos zuscodinicos no parecieran poder llevarse a cabo, como desearía todo el mundo en Truz. Especialmente mässe Trunido.
Volteó a verla. Aún le parecía raro que Droma, la asistente personal del regente de Zuscodinia, le tuviera tales consideraciones.
-Tal es el origen de toda esta pesadumbre, Droma.
Entonces, sin aviso, ella rodeó su cuello, en el ademán típico del cariño. Apretando fuerte y palmeándole la frente, hasta dejarla enrojecida. Prano se pasmó. Nunca hubiese imaginado recibir tales afectos y, aún menos, de alguien con mucha más refrandría, como ella. Solo pudo, torpemente, blandugarle la espalda y guirlaparle una teta, según correspondía. Ella sonrío con ternura y lamió su labio superior. 
-Verás que todo estará bien. Se llevó el embrusdio a la boca y olió el humo que se desprendía. –Mmm, que delicia.
El garledió su fruyo o lo que quedaba, apartando las cactéridas.
-¿No has pensado en la posibilidad de algun telectreno?
La sugerencia lo tomó desprevenido, dejando poco a poco que el miedo se instalara a su lado. Los telectrenos solo podían provenir de un solo sitio. La sola idea le rutebansio la grapelidia.
-¿Sabes algo que no me has dicho?
Ella volvió a aspirar el embrusdio, con calma.
-Se mucho más de lo que te imaginas, pero este no es el lugar ni el momento. Cuidate. Cuidate mucho. Ten cuidado especialmente con Roberto.
Le dirigió una última mirada con desfremio y se despidió cortésmente, mostrándole su pezón izquierdo. La vio dejar el prontesibo y salir, acompañada de las miradas de todos. Roberto. Uno de los trémicos más sustegados de la firma. Además, con nombre fuwerjino. Roberto. ¿Sería él? Buscó el fruyo, pero ya no había nada que garlediar.
Permaneció un buen rato, lucuquirando para sí. Si Droma acertaba, muchas cosas tendrían sentido, pero muchas otras no. Decidió quemar naves. Colocó su pulgar en la terminal de la mesa, verificó el saldo y salió.

3

La escena no era extraña, la familia no era ajena a ese ambiente de violencia. El menor no aguantó más: 
-¿Nadie va a decir nada? Por menos silencio que este, el padre de Urbo y Trawila tuvo que pagar una gran multa en la Prestibedía.
Silencio. Roberto continúo hojeando el diario. Lukba comía. El timbre de la puerta sacudió todo, el pequeño Robertito corrió a abrir.
-Hola Prano, dörtte de La Vrenba. ¡Que gusto verte!
-Hola Roberto micren, ¿está tu padre?
-¿Prano? ¿Qué haces aquí? El tono de Roberto no escondía la aprensión que sentía. Los dörtte practicamente jamás tenían contactos extra-laborales con los trémicos y, mucho menos, con los de nombre fuwerjino.
-Quise saludarte y preguntarte algo sobre unos diseños.
-Pero… aquí, ¿en mi casa?
-No te preocupes, me quedaré solo lo necesario para no hubirficar la grutiyenda y el incidente no será reportado.
-Pasa.
Prano entró en el departamento, Lubka solo alzó la ceja derecha y desapareció, dándole la espalda e inclinando su torso para mostrar respetuosamente su trasero y abriendo las piernas cada dos pasos, para que se pudiese ver a plenitud su vulva. Prano solo agradeció levemente el gesto, tocando su nariz con el pulgar.
-Siéntate dörtte. ¿Qué puedo hacer por ti? Roberto no podía esconder su nerviosismo. Sentía que su cambrutolio se limentraba aceleradamente.
-¿Por qué tanta aprensión? ¿Ocultas algo?
-No Prano, es lo singular del evento, la falta de costumbre. Vamos, es como si un grazebendo, intentara kuldurar con una framcúga.
-Jajajaja que cosas dices Roberto! Que cosas dices! Jajajajajaja, tranquilízate, ¿sí? Mira, es muy simple. Revisaba unas bitácoras y salió a relucir un diseño que estuvo a cargo de la erfedina que coordinas. Solo rutina, pues. 
-Estimado dörtte, la erfedina realiza miles de diseños al trimestre. Deberás ser más específico.
-La bruceliza D-Z-9984. El núcleo de la trimbiladora.
Roberto abrió lo más que pudo los ojos. Sintió que se le aperfurizaban cada vez más los escálidos y solo atinó a decir: -Lo sabía. Lo sabía.
Prano se quedó callado, observó con detalle el fuwerjino rostro, escudriñaba, examinaba.
Roberto interrumpió la exploración:
-¿Desde cuando trabajas en esto? No solo en Truz, ¿Cuánto tiempo de tu vida le has dedicado a buscar la trimbilación?
-Pues mas o menos 33 años, desde la Gran Neblina.
-Mi apreciado dörtte… se ve que ignoras muchas cosas, a pesar del empeño que has puesto a esta misión.
-¿A que te refieres? Creo que será mejor que te expliques con mayor precisión.
-¿Conoces las Montañas Telectrenas?
Prano solo atinó a balbucear: -C-claro que si. ¿Quién no? ¿Que tienen que ver con todo esto?
-Como todos ustedes los dörtte saben, los trémicos tenemos la capacidad de retomar, a voluntad, la habilidad de expresarnos como antes de la Gran Neblina. Pero más importante, de volver a las viejas costumbres, a la antigua moral.
-¿A dónde quieres llegar, Roberto? Me estas asustando…
-Solo quiero hacerte comprender. Lo malo es que no se si puedas hacerlo. Tal vez, este sea el nuevo principio, o, de nuevo el principio.
Prano retrocedió instintivamente, las ideas ya no lo grafedían. Extrañamente solo lo asaltaban. Lo atacaban.
De repente, Roberto empezó a hablar de nuevo, pero esta vez sus palabras sonaban distantes, se veían, podía leerlas en el aire. Volaban como… sabía como, pero no pudo encontrar el concepto “mosquito”. “Renunciación”, “Revuelta”, “Lucha”, ”Sometimiento”, “Simple”, “Pan”, “Te”, “Cópula”…
-… y entonces lo que tu llamas badejo, refrandría, trémico, aperfurizar, por mencionar algunos términos… simplemente no existen. Las costumbres añadidas por los dörtte, despúes de la Gran Neblina, nos fueron impuestas. No nos son naturales. Están condenadas.
Prano yacía en el suelo, agobiado por la lluvia de palabras, febril, tembloroso. Solo atinó a susurrar: 
-condenadas a que…
-A desaparecer, mi amigo.
Al salir de los labios de Roberto, la palabra “amigo”, prohibida desde la Gran Neblina, simplemente se instaló en la garganta de Prano.
Murió al instante.