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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2006.



Sueños de color bermellón

En donde comienza lo real y termina lo que deseamos? Donde se trocan deseos por estrellas en un escenario imaginario que duele de tan verdadero? Tu eres todo y nada que no conozca, nada que no imaginaba y todo lo que esperaba, sentado en el monte mas alto de mi particular pradera solitaria. De que madera se forja una vida, como hacerla perenne y eterea, para que nos acompañe a los dos, incólume y férrea? Tus miedos no me asustan, me aterran tus maneras de lidiar con ellos, quiero estar tan cerca que se confunda la linea de tu nariz con mi mas preciado anhelo. Quiero que te duela pensarme tanto que cuando me veas, suspires de alivio, como si fuera en ello el último aliento de tu vida. Asi me pasa a mi con tu presencia, tu divina presencia. Tu recuerdo me alivia, tu ausencia me aniquila y a veces es tan potente el vacio que aquel no me alcanza para respirar tranquilo. Saberte mia me reconforta y me ayuda. Te amo.


La Cacería

Divisó por ultima vez el horizonte, sin saber que carajos buscar. La imagen de regreso permanecía impavida, sin importar cuantas veces bajara la mirada y volviera a mirar. El panorama persistia en su inmovilidad. El seguia desesperado en la espera de no saber que esperar. El arma, calibrada mil veces y mil veces mas, cumplia su cometido a cabalidad de estar alerta y lista para la acción. Una nube lejana parecia invitarle a la contemplación; él simplemente volvió a bajar la vista. Ciertos sucesos llamaron su atención momentaneamente, un enjambre de algo mudabase de domicilio. Cada individuo era un suceso, por supuesto. (Amable lector, multiplique por el número de integrantes que se le ocurra que pueda tener dicho enjambre, para calcular, de manera aproximada, de cuantos sucesos estamos hablando)

Por fin, la noche llego a acompañarle. El frio empezo a calar. La oscuridad le iluminaba algunas cuantas ideas y refrescaba el seco y yermo páramo de la razón. Se puso en marcha, la jornada era dificil y demandaba el esfuerzo último que ya había comprometido.

Al llegar a la ladera este del promontorio, detuvo un momento el andar. Prendió un cigarro y derramó tres lágrimas deshidratadas en honor a la causa primera y última y prosiguió. Caló el arma con severa celeridad y apuntó, deseando con toda el alma, errar esta vez con toda la insensata convicción que pudo acopiar. El disparo fue certero, el corazón herido por su arma desangróse en un diluvio de estrellas, que, amorosamente, regaron su vida para siempre y hasta nunca.




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